La economía real, lejos de la euforia

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La economía real atraviesa una situación compleja, marcada por la depresión de amplios sectores de la actividad económica, desindustrialización, salarios reales en niveles históricamente bajos y un marcado deterioro en las condiciones en el mundo del trabajo, reflejado en la destrucción de empleos formales, sobreocupación y creciente precarización de las nuevas ocupaciones. Como ya ha ocurrido en anteriores experimentos neoliberales, la “flexibilización de hecho” se materializa sin mediar cambios en las normas laborales. Cierto es que la institucionalización de esas nuevas condiciones es la aspiración que guía las propuestas legislativas del oficialismo avaladas por las representaciones empresarias.

 

El uso de los salarios como ancla nominal –complementaria al ancla cambiaria– frenó a partir de febrero de este año la incipiente y heterogénea recuperación que se había empezado a observar tras el desplome provocado por la megadevaluación de diciembre de 2023. A ello se sumó, desde julio, la severa contracción monetaria implementada para contener el tipo de cambio. El abandono de las Lefi como instrumento de regulación de liquidez derivó en un fuerte aumento de las tasas de interés y en una elevada volatilidad financiera, factores que también afectaron negativamente la actividad económica, con la excepción del sector financiero, uno de los pocos que registra un alza importante en los tres primeros trimestres del año.

 

El ajuste monetario –que elevó los encajes bancarios al 53,5%, el nivel más alto de las últimas tres décadas– contrajo de manera significativa el crédito al sector privado, un componente central para sostener el consumo en un contexto de caída de los ingresos reales. El aumento de las tasas no solo redujo el otorgamiento de nuevos préstamos, sino que también está deteriorando aceleradamente la calidad de la cartera crediticia, particularmente entre los hogares: la morosidad pasó del 2,7% a comienzos del año al 7,3% en septiembre (último dato disponible), alcanzando el nivel más elevado desde 2008, año impactado por la crisis financiera internacional.

 

El mayor costo del financiamiento afecta con más fuerza a las familias de menores ingresos, tanto por su limitada capacidad de repago como por su mayor grado de endeudamiento. En el primer semestre de 2025, el 30,4% de los hogares pertenecientes al estrato de bajos ingresos (40% de menores ingresos) solicitó algún tipo de crédito, frente al 18,6% del estrato de ingresos altos (20% de mayores ingresos). Asimismo, el 42,8% de los hogares de menores ingresos debió recurrir a ahorros propios o a la venta de pertenencias durante el primer semestre de 2025.

 

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Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 426, 26 de noviembre de 2025.

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