COP30: A 10 años de París

En las negociaciones de la COP30 en Belém, la discusión sobre el “plan de ruta” para abandonar los combustibles fósiles se da sobre un telón de fondo muy concreto: por un lado, las emisiones globales siguen en máximos históricos; por otro, los principales escenarios energéticos indican que el uso de carbón, petróleo y gas podría alcanzar su pico antes de 2030, aunque a un nivel incompatible con los objetivos del Acuerdo de París. Las críticas se centran en Rusia, Arabia Saudita y Emiratos Árabes; es decir en la producción, más que en el uso de los combustibles fósiles.
Los datos del Presupuesto Global de Carbono 2025 (cuánto más CO₂ se puede emitir antes de llegar a los + 1,5 ºC) muestran que las emisiones de CO₂ procedentes de combustibles fósiles y cemento aumentarán en torno a un 1,1% en 2025, hasta unos 38,1 gigatoneladas de CO₂, marcando un nuevo récord histórico. Si se suman las emisiones por cambio de uso de la tierra, el total global se mantiene prácticamente en el mismo nivel respecto de 2024, en torno a 42,2 gigatoneladas de CO₂, porque la caída de las emisiones asociadas a deforestación y degradación de bosques compensa parcialmente el aumento fósil. Sin embargo, el cambio climático ya ha debilitado de manera estructural los sumideros de carbono en tierra y océanos: se estima que son alrededor de un 15% menos eficaces que en un mundo sin calentamiento, lo que explica una parte relevante del incremento de CO₂ en la atmósfera desde 1960.
En este contexto, casi el 90% de las emisiones de CO₂ en 2025 proviene de combustibles fósiles y solo alrededor de un 10% de cambios del uso del suelo. El carbón aporta aproximadamente el 42% de las emisiones fósiles, el petróleo un 33%, el gas un 21% y el cemento en torno al 3%–4%.
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Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 426, 26 de noviembre de 2025.