Revista FIDE n°428

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50 años: el último golpe, democracia y continuidad de la hegemonía neoliberal en la Argentina

 

A cincuenta años del golpe cívico-militar más sangriento de nuestra historia, se acu-mulan evidencias de que el objetivo central de la dictadura pasaba por disciplinar de una vez por todas a la sociedad argentina —resolviendo definitivamente el problema del peronismo— como condición necesaria para viabilizar los cambios estructurales compatibles con un proyecto económico neoliberal. En tal faena, el “libre mercado” pasó a constituirse en el principal mecanismo disciplinador desde lo económico en el terreno social y productivo. De manera prematura nuestro país integró, junto a otras economías del Cono Sur, el laboratorio donde se ensayaron las recetas monetaristas que, hasta pocos años antes, apenas eran un entretenimiento teórico elucubrado en la Universidad de Chicago. Desregulación financiera y de capitales, apertura comercial, ajuste fiscal y monetario conformaban el nuevo plexo de políticas que, a escala global, buscarían desplazar la hegemonía keynesiana de posguerra. 

Hacia finales de la dictadura todos los indicadores económicos y sociales habían empeorado severamente. A la tierra arrasada que dejó el régimen de valorización financiera y apertura unilateral en términos de regresividad distributiva, desindustrialización y degradación en las condiciones del trabajo se sumó el endeudamiento externo sin contrapartida alguna, flagelo que de ahí en más condicionaría fuertemente la democracia recuperada en 1983. 

El proceso de globalización neoliberal alcanzó un estadio superior en nuestro país durante la década de los ‘90. La instalación por diez años de un régimen de convertibilidad peso-dólar supuso no sólo la pérdida de soberanía monetaria y cambiaria, sino también la cristalización del bimonetarismo en el funcionamiento de la economía y, no menos grave, en la cultura de la sociedad. El “modelo del 1 a 1” se financió con la venta de las joyas de la abuela primero y, posteriormente, con deuda externa, generando la segunda oleada de endeudamiento sin contrapartida. 

Cierto es que las privatizaciones jugaron un rol más crítico que el de proveer dólares y financiamiento al fisco. Supusieron una transferencia del acervo público estratégico al sector privado sin beneficio de inventario. En ese recorrido, la firma de 49 tratados bilaterales de inversión —la mayor parte de ellos, aprobados durante el gobierno menemista— cristalizó una discriminación a favor del capital internacional en relación al de origen nacional, abrió la puerta a una litigiosidad muy costosa para la Argentina y condicionó severamente el espacio de política en defensa del interés nacional. 

La lista es mucho más larga, pero cabe mencionar algunos de los mojones que fue dejando plantados el neoliberalismo a su paso, muchos de los cuales no fueron removidos durante los gobiernos nacionales y populares, transformándose en fuertes condicionantes al despliegue de un proyecto autónomo de desarrollo y equidad. 

Las transformaciones que se registraron a escala global desde mediados de los setenta han sido enormes, condicionando o facilitando la viabilidad de los proyectos neoliberales que se sucedieron en nuestro país. Puede decirse que la revancha neoconservadora de la dictadura se enmarcó en un capitalismo que ingresaba en una etapa de desregulación financiera, de capitales y de deslocalización de la producción hacia países subdesarrollados, particularmente de Asia, que prohijó las condiciones para que la acumulación financiera desplazara a la acumulación productiva. Una de sus manifestaciones fue la internacionalización del capital, que facilitó los procesos de endeudamiento en los países subdesarrollados.

  Con posterioridad  a la crisis soviética, el neoliberalismo hegemonizó la  teoría y la práctica económica en el mundo occidental. El Consenso de Washington, impulsado por el FMI y el Tesoro de los Estados Unidos a fines de los años ‘80, se constituyó en el manual obligado de los países endeudados de América Latina, y la Argentina de Menem se transformó en su mejor alumna. 

La globalización financiera, la deslocalización productiva y el debilitamiento de los Estados de bienestar fueron sembrando en las economías maduras las condiciones de su crisis y cimentando en sus sociedades, crecientemente desiguales, un difundido malestar y desilusión con la democracia. No puede dejar de mencionarse que en tal escenario emerge China, protagonizan-do el liderazgo industrial y tecnológico en un amplio abanico de sectores estratégicos, situación que se consolida en el tiempo y hoy está en el núcleo de las disputas geoeconómicas.

El proceso de desglobalización comercial, el acortamiento de las cadenas de valor y el reflujo de inversiones hacia los países centrales ya se habían comenzado a verificar antes de que implosionara la crisis financiera internacional de 2008, y ciertamente se profundizaron después del primer gobierno de Trump y su deriva proteccionista. 

En este escenario de reconfiguración del proceso de globalización, el nuevo ensayo neoliberal en la Argentina en el período 2016-2019, a pesar de haber contado con un apoyo extraordinario del gobierno de Estados Unidos —a través del préstamo más grande en la historia del FMI— evidenció rápidamente las limitaciones del remanido esquema de valorización financiera. La principal decisión de ese Gobierno, de acuerdo a lo declarado por el expresidente Macri, fue la eliminación del “cepo” como señal de libertad para los argentinos. Ciertamente Macri subestimó el poder desestabilizador del bimonetarismo argentino. Después de haber saturado los mercados financieros internacionales con colocaciones de deuda y haber accedido a un salvataje sin precedentes del FMI, a finales de su mandato se vio obligado a restablecer los controles cambiarios para contener una sangría que se había consumido en términos netos y en apenas cuatro años 86.000 millones de dólares. La contracara de esta apuesta por la libertad cambiaria como solución a todos los problemas dio lugar a la tercera oleada de endeudamiento sin contrapartida. 

La teología liberal-libertaria que reivindica el presidente Milei, sin poder mostrar antecedentes de materialización en el mundo real, exhibe amplias continuidades con todas estas experiencias. Particularmente con la dictadura cívico-militar de 1976 en su aspiración refundacional por modificar la relación entre el capital y el trabajo, vocación expresada nítidamente en la reforma laboral aprobada recientemente por el Congreso Nacional. El desprecio por la industria nacional y su afán por restaurar el modelo agroexportador, ahora complementado con la energía y la minería, constituyen otra similitud notable con la dictadura. Sin obreros de fábrica, con empleos cada vez más precarios, se hace más sencillo el desmantelamiento de derechos y el disciplinamiento social. La apertura comercial, como herramienta disciplinadora de los precios y también de los salarios, empuja en el mismo sentido, es decir, en detrimento de la viabilidad empresaria y, por lo tanto, de la generación de empleo digno. 

Para estimular la explotación de los recursos naturales estratégicos (energía y minería, a la cabeza) se pone en marcha el Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI). Se trata de una pieza central, con implicancias muy relevantes en términos de pérdida de soberanía para hacer política industrial y tecnológica, acceso a las divisas que generen los proyectos de exportación, así como la cesión de jurisdicción para que las empresas inversoras puedan litigar en el exterior (sin necesidad de disponer de un Tratado Bilateral de Inversión). En igual sentido, los acuerdos comerciales como el firmado con la UE y con los Estados Unidos comprimen aún más los espacios para el despliegue de un proyecto de desarrollo autónomo. En esta etapa de la historia, ya no solo se marcha en contra de lo que siempre fue parte del herramental básico del desarrollo, sino incluso a contrapelo de los objetivos explícitos del presidente Trump y de la Unión Europea, entre otros, en la búsqueda por la radicación de proyectos productivos, control de nuevas tecnologías y generación de empleo.

El modelo de Milei transcurre en un mundo donde la globalización neoliberal se diluye a pasos acelerados. Ya luego de la crisis de las hipotecas en 2008/2009, el comercio global disminuyó notablemente. La pandemia y la guerra en Ucrania profundizaron las preocupaciones, poniendo en primer lugar aquellas relacionadas con la seguridad nacional y la defensa. No hay reglas, predomina el proteccionismo, retornó la política industrial y tecnológica y se evidencia un fuerte activismo estatal. Las tensiones geopolíticas vigentes desarticulan alianzas estratégicas entre bloques y países, al tiempo que la disponibilidad de recursos naturales estratégicos constituye una moneda de negociación para promover la industrialización en el mundo subdesarrollado. En los países desarrollados el acceso a tales recursos críticos para viabilizar la transición energética se ha tornado en una prioridad y una condición necesaria para garantizar la seguridad nacional en los Estados Unidos. 

En este escenario global complejo, incierto y volátil, el gobierno de Milei busca consolidar un nuevo ciclo de valorización financiera, pero, esta vez, con soga más corta, ya que se le está haciendo difícil acceder a nuevo financiamiento internacional dada la frágil situación del frente externo. La mano amiga de Trump y el reciclaje de los “argendólares” a través de nuevo endeudamiento del sector privado han permitido sostener la gobernabilidad del mercado de cambios aun en el contexto de una dolarización de ahorros doméstica que viene superando los récords históricos. El maldito bimonetarismo resurge como la principal amenaza para la sostenibilidad de este nuevo ensayo neoliberal que está profundizando todas las fuentes estructurales del subdesarrollo argentino.  

Repasar las continuidades de la lógica neoliberal, las modi-ficaciones en el escenario global y regional, las transfor-maciones sociales y los espacios recortados de autonomía nacional en estos cincuenta años es un ejercicio necesario que todavía requiere un esfuerzo importante por parte de las fuerzas políticas que apuestan por el desarrollo nacional. La propuesta de Milei es inviable, pero la oposición no logra explicar cuál es la alternativa que podría encaminar la economía en el sentido de la industrialización, el desarrollo tecnológico, la generación de empleo digno, la autonomía, la estabilidad y la equidad. 

 

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Revista Fide, Coyuntura y Desarrollo nº 428, 27 de marzo de 2026.

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